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I. Justificación

a. Recomposición del sistema internacional.

b. Transformaciones de la nación boliviana.

II. Objetivos

III. Estado del arte

IV. Estrategia metodológica

a. Problemas de investigación.

b. Fuentes.

c. Técnicas de Investigación.

V. Resultados esperados

VI. Índice tentativo de la investigación

VII. Difusión

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IV. Estrategia metodológica

a.    Problemas de investigación

Crisis de la globalización.

El concepto de globalización predominante en la última década del siglo pasado, implicaba, en esencia, el predominio del mercado sobre el Estado, más allá de las múltiples justificaciones conceptuales y tecnológicas que lo respaldaron. La crisis global de 2008 –-fruto a su vez de la desregulación del sistema financiero promovida por la visión neoliberal—probó, más allá de toda duda, las graves deficiencias teóricas y prácticas de ese enfoque.

La rebelión contra el Consenso de Washington se inició en América Latina, una vez que se tornó evidente la fractura social que resultaba de la concentración del ingreso y el aumento paralelo de la desigualdad. La sustitución de los valores de la solidaridad colectiva por los de una competencia sin regulación ni frenos. La sensación de que el Estado había abdicado sus responsabilidades en las políticas de educación y salud. La percepción de que la corrupción y el prebendalismo de los partidos políticos los había descalificado de la representación de los intereses de los ciudadanos.

Se produjo entonces un cambio sustantivo de tendencia política y un realineamiento diferente entre los países de la región. Este proceso se inició con la llegada a la presidencia de Luis Ignacio Lula da Silva en el Brasil, y luego fue reforzada con la presencia de Tabaré Vasquez y Lugo en Uruguay y Paraguay rompiendo con la hegemonía del bipartidismo en ambos países, así como con la presencia de la Concertación en Chile constituyendo una suerte de “izquierda concertacionista” o “liberal democrática” en la región. Mientras tanto se fue configurando una red de países con Venezuela a la cabeza, junto a Nicaragua, Ecuador y Bolivia que representan una aun poco estudiada “nueva izquierda” en América Latina, imprimiendo una lógica política distinta a la administración política y estatal, demarcada por procesos de transformación ‘refundacionales’. En todos estos casos se reafirmó el rol central del Estado en el desarrollo económico y político.

A su vez, en los países de la OECD, en el propio corazón del proceso de globalización, aumentó el descontento al ampliar la brecha entre ganadores y perdedores10 y se debilitó la voluntad política necesaria para continuar impulsándolo. La confianza de los panegíricos de la globalización fue “reemplazada por dudas, cuestionamientos y escepticismo”, como lo hace notar Dani Rodrik, que menciona una encuesta de NBC/Wall Street Journal en la que el apoyo de la población norteamericana a este proceso caía de 42% a 25% entre junio de 2007 y marzo de 200811 .

Tensiones geopolíticas.

A lo largo de su historia, Bolivia ha enfrentado el dilema de abrirse o gravitar más en el Pacífico o en el Atlántico, o desde la perspectiva de los equilibrios geopolíticos regionales acercarse más a Argentina o a Brasil para contrarrestar el poder de uno o del otro país. También ha optado por formar parte de un grupo con naciones más chicas, como las del grupo andino, para equilibrar el poder de ambas potencias regionales. Es antigua la doctrina de la política exterior, que postula que, debido a su posición geográfica, Bolivia debía participar de bloques de integración regionales que conecten la Cuenca del Plata y del Amazonas. Para reflejar esta doble vocación, se han acuñado ideas fuerza como: Bolivia, país bisagra, Bolivia tierra de contactos.

La globalización ha recodificado la realidad geográfica y ampliado la influencia económica. Bolivia, en el centro del continente, pero si ampliamos el zoom del análisis estamos en el medio de Brasil y China dos potencias emergentes que están transformando la economía mundial.

Por el lado oriental del país, donde confluyen el destino geográfico y las modernas tendencias de la globalización, Brasil va camino a convertirse en una potencia económica a nivel regional y mundial y es líder del mercado más grande de la región junto a sus socios del Mercosur. De hecho ya es la sexta economía en el mundo y uno de los sectores más pujantes son los agro negocios; en concreto, Brasil es una potencia en energía, cereales, biocombustibles y granos como la soya.

Por el lado occidental de Bolivia está la segunda cara de la globalización, que se origina en el Asia en general y en China en particular, y que, atravesando Chile y Perú, tiene su influencia en los departamentos de La Paz, Oruro, Potosí y Cochabamba. La influencia viene tanto por la exportación de minerales como también por el comercio. Además, están las exportaciones de minerales a la región asiática que se duplicaron en los últimos años tanto en Bolivia como en el resto de los países del continente. Es decir, la influencia del modelo chino de exportación de manufacturas y compra de materias primas tiene y tendrá una influencia económica determinante en los países conectados con el Pacífico.

Brasil, por el oriente boliviano, y China, por el occidente, son y serán, más aún a futuro, factores económicos fundamentales que afectarán la formación de la nación, el desarrollo económico y colocan en otra dimensión el tema de la globalización.

Los fenómenos descritos, datos de la realidad y no proyecciones teóricas, inducen a postular que la política económica internacional boliviana proyecte una visión clara sobre la relación bilateral y las proyecciones conjuntas a nivel internacional y regional. Aquí nos referimos a los desafíos de la integración continental y bilateral que deberían pasar por temas productivos y no repetir la historia de la exportación de recursos naturales por parte nuestra y la compra de productos industrializados por parte de ellos.

En síntesis, Bolivia enfrenta dos opciones económicas y geopolíticas diferentes. La primera, la más fuerte, es la opción del MERCOSUR (en la que, desde luego, Brasil es el eje). Bolivia se integra a ese espacio económico a través del gas y la agricultura tropical de la soya (aunque este último producto se venda en los mercados latinoamericanos del Pacífico). En el plano político, Brasil representa una alternativa democrática nacionalista, con fuerte énfasis en el rol del Estado y en la participación social.

Del otro lado, la Alianza del Pacífico, integrada por Colombia, Perú y Chile (y México y Costa Rica), es el otro camino, vinculado a la filosofía del libre mercado, la inserción abierta en la economía mundial, con un fuerte vínculo con los Estados Unidos, a través de los TLCs. Cabe destacar que los productos de la minería boliviana se exportan por los puertos del Pacífico.

El espacio del mundo andino y del Pacífico es el asiento original de la nación boliviana y la demanda de reintegración marítima soberana es una idea fuerza que sostiene la unidad nacional y es el eje central de su política exterior. En cambio, la opción brasileña marca el camino del futuro, sin ninguna duda. Esa proyección presenta oportunidades y riesgos críticos para su desarrollo. Abre posibilidades de estabilidad política y desarrollo económico por la vecindad con una democracia consolidada y uno de los polos de crecimiento global más importantes del nuevo siglo.

En este campo, la investigación se propone analizar la proyección real de esas hipótesis. Con ese objeto examinará las opciones económica y política de la inserción de la nación boliviana en el mundo, a partir de la premisa de que, para Bolivia, en el siglo XXI, Sudamérica es el punto neurálgico de su participación en el proceso de globalización. Será en ese espacio en el que se definan o condicionen buena parte de sus perspectivas económicas y políticas.

Desde luego, el estudio se detendrá en el análisis de las nacionalizaciones de empresas extranjeras y el ostensible rechazo de a inversión extranjera directa, que contrasta, sin embargo, con la férrea disciplina macroeconómica interna y la colocación de bonos en el mercado mundial del dinero.

Tensiones en la nación boliviana.

Partimos de una noción de Estado entendido como el conjunto de relaciones sociales, materializadas en un aparato institucional y un marco normativo concretos, pero a la vez, en un sentido de pertenencia: Entendemos el Estado como: “Un conjunto de instituciones y de relaciones sociales (la mayor parte de estas sancionadas por el sistema legal de ese estado) que normalmente penetra y controla el territorio y los habitantes que ese conjunto pretende delimitar geográficamente. Esas instituciones tienen último recurso, para efectivizar las decisiones que toman, a la supremacía en el control de medios de coerción física que algunas agencias especializadas del mismo estado normalmente ejercen sobre aquél territorio” (O Donnell, 2007) a lo cual el autor añade la idea del Estado como ‘foco de identidad colectiva’ que deviene de procesos de acumulación y construcción histórica particulares.

En ese sentido, el proceso de construcción del Estado-nación, aquella comunidad imaginada, universal y fraterna, a la que hacía referencia Benedict Anderson (1993), ubicada en un tiempo abstracto, homogéneo y vacío, y alejada de las condiciones societales específicas pierde sentido. En efecto, se trataba de un horizonte de posibilidades trazado ideológicamente que acompañaba la idea de nacionalismo cívico basado en las libertades individuales y en que el voto se convertía en “el gran ritual anónimo de la ciudadanía” (Chatergee 2008). Estas construcciones simbólicas devienen en una narrativa hegemónica que tiende a subordinar al otro, al diferente, cuyo reconocimiento o proceso de inclusión es asimétrico pues en él se imponen códigos de dominación y poder que se sustentan en la configuración de un régimen de verdad (Foucault, 1983) establecido, socialmente aceptado y compartido.

Estas nociones de nación han sido cuestionadas desde diversas perspectivas. Desde el estructuralismo que argumenta que la igualdad, en el plano formal y jurídico, esconde las profundas desigualdades persistentes en el ámbito económico y social, propios del régimen de explotación capitalista y que continúan generando una serie de conflictos causados por una distribución inequitativa de los recursos. Y por otra lado provienen de la emergencia o, más bien visibilización, de identidades y cosmovisiones diversas, provenientes de tiempos históricos también diferenciados (Chaergee 2008) que instalan en el debate nuevos paradigmas de ejercicio ciudadano; por ejemplo, aquellos ligados a los derechos colectivos y comunitarios, distintos de los planteados por el pensamiento moderno, individual y universal, que incorporan una mirada diferenciada de los derechos.

Desde esta perspectiva, la discusión sobre la nación adquiere un nuevo sentido, el de la integración, de la complementariedad, de la unidad en la diversidad, y de la construcción de una ciudadanía nacional a partir de las especificidades que la componen, cuestionando el universalismo nacionalista. Es evidente que no queda clara aún la fórmula para lograr esta complementariedad de manera efectiva pues, por ahora, las soluciones son coyunturales, estratégicas o, si se quiere, políticas y, por tanto, provisionales. Sin embargo, el horizonte del debate y sus correlatos en acciones estratégicas de actores y organizaciones sociales, está planteado.

En todo caso, partimos de dos premisas básicas sobre el tema: la primera, que tanto los derechos como el ejercicio ciudadano de los mismos exceden los límites del Estado y la institucionalidad para desplazarse y circular por el ámbito de la sociedad y sus organizaciones. Según Bauman (2009), vivimos tiempos signados por una tácita separación entre el poder y la política, impensable durante la consolidación y expansión del Estado moderno; ahora se está experimentando un desplazamiento incontrolable del poder hacia espacios societales y cotidianos, así como globalizados, que trascienden las fronteras del Estado-nación y que son parte del signo de la época denominado, por el mismo autor, un tiempo de incertidumbres, ambigüedades y flexibilidades; en definitiva, caracterizado como un tiempo líquido.

La segunda, que el momento actual concentra tensiones no resueltas que provienen del proceso de construcción histórica y de las características ‘abigarradas’ de la sociedad boliviana y que se visibilizan en el periodo de crisis operado desde inicios de siglo y buscan maneras de resolución, en una interacción dinámica con el contexto externo e interno.

 

 


10. Charles Kupchan. No one´s world.
11. Dani Rodrik. The globalization paradox.